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Lewis Hamilton: un campeón en busca de justicia

El niño de cabello ensortijado y tez morena, Lewis Hamilton, estaba feliz. Acababa de ganar la primera serie en el circuito de Clay Pigeon Kart Club, Dorset. Su karting cuidadosamente atendido por su padre se había comportado a la perfección y había conseguido, incluso, a sus nueve años de edad, derrotar a otros chavales de mayor edad. Sí, lo habían apretado, empujado y bloqueado un par de veces en su avance hacia el primer puesto pero no había pasado a mayores. Y allí estaba, jugando con un par de amiguitos a la sombra de los árboles que rodeaban el circuito, fuera de la vigilada zona de boxes. La alegría se escapó de su cuerpecito cuando vio que dos de sus rivales, de mayor tamaño y edad, se acercaron. “No te queremos aquí. No vengas a correr más, negro”. Empujones y algún golpe, débil, pero para él, como si le atropellara un camión, acabaron por arruinarle la tarde.

Lewis Hamilton

Y hace un par de semanas, 24 años después, el piloto de raza negra Lewis Carl Davidson Hamilton, seis veces campeón del mundo de F1, hacia oír su voz. Bien alta, sacando de adentro aquel dolor permanente, seguro confiado y disgustado. Volvía a combatir esa desgarrante sensación en el estómago, ese sentimiento de impotencia y desesperación que le acompaña desde su niñez y que toda la gloria deportiva o la opulencia económica no pueden diluir: sentirse menoscabado, discriminado, apartado. A los 10 años había practicado kárate junto a su padre Anthony , para aprender a defenderse de las agresiones en las pistas de karting o en el colegio, pero eso no alcanzaba y tampoco alcanza para aplacar los recuerdos, por eso hablaba.

La muerte de George, Perry, Floyd, de 34 años, asfixiado durante nueve minutos por la rodilla de un policía blanco en Minneapolis, Estados Unidos, había despertado una indignación mundial y múltiples manifestaciones, pillaje y destrozos en Estados Unidos y marchas de protestas en todo el globo. La aldea global se ponía de pie contra el racismo, que es pan de todos los días en el país con mayores contradicciones del mundo.

Lewis

A través de su cuenta en Instagram, Lewis Hamilton sacudía al establishment de la F1, dirigentes y pilotos con sus palabras:Observo a aquellos que permanecéis en silencio, algunos de vosotros que sois grandes estrellas pero permanecéis en silencio en medio de la injusticia… No hay ni un gesto de nadie en mi industria que, por supuesto, es un deporte dominado por los blancos. Soy una de las únicas personas de color aquí y estoy solo… Hubiese podido pensar que a estas alturas podrían ver qué está pasando y decir algo al respecto… pero no pueden estar al lado de nosotros… Sabed que sé quiénes sois y os veo…”.

Ante los acontecimientos en Estados Unidos, Lewis Hamilton ni se tomó la molestia de recordar que en 2008, al comenzar los entrenamientos invernales en el circuito de Montmeló, decenas de espectadores aparecieron con sus rostros ennegrecidos y camisetas con la leyenda: “La familia de Lewis Hamilton”. El odio, que es una expresión enfermiza del miedo, resulta difícil de desterrar. Y allí estaba apoderándose de unos energúmenos que creían favorecer al gran rival de Lewis Hamilton en McLaren el año anterior, Fernando Alonso.

Y a principios de junio pasado, los habitantes de esa burbuja de millonarios que es la F1 pretendían seguir aislados de lo que estaba sucediendo en todo el mundo porque la muerte de Floyd, una más de las numerosas de gentes de color por el “gatillo fácil” de las policía, se había transformado en una pandemia de reclamaciones. El dolor de Lewis Hamilton trascendía y su mensaje de Instagram había llegado a 1.500.000 seguidores. Un niño monegasco aparentemente “mimado” como Charles Leclerc, confesaba sentirse incómodo y sin saber qué hacer al respecto, pero se pronunció.

También se solidarizaron a través de las redes sociales su jefe de equipo, Toto Wolff y sus compañeros de pista Daniel Ricciardo, Lando Norris, George Russell, Carlos Sainz Jr., Nicolas Latifi y Sergio Pérez.
Jamás antes un episodio de carácter socio-político había conseguido penetrar esa coraza desensibilizante con la que simulan protegerse los también vulnerables habitantes de la F1, máxima expresión del motor mundial.

En los años setenta, cuando el Comité Olímpico Internacional quitaba a Sudáfrica de sus eventos cuatrianuales o mundiales, la F1 pasaba a ser un importante cartel propagandístico esencial para el Gobierno de Pretoria. El régimen del “apartheid” controlado por blancos en ese país pagaba bien a Bernie Ecclestone, y a los equipos que aceptaban ese cortejo con el racismo…

Lewis Hamilton

Y solo después del Gran Premio de 1985, al que no asistieron los equipos Renault y Ligier, financiados directa e indirectamente por el gobierno socialista francés, la F1 dejó por algunos años Kyalami.
Ecclestone diría que su circo dejó Sudáfrica desde 1986 hasta 1992 en rechazo al régimen racista aunque fueron las principales cadenas televisivas europeas, que no iban a transmitir ese evento, la verdadera razón de su cambio de posición.

Al menos, Ayrton Senna intentaba dar una explicación: “Personalmente estoy en contra de ese régimen (el del apartheid). No me gustaría ir allí, pero tengo un compromiso con mi equipo y debo cumplirlo”. Los acontecimientos en Estados Unidos y las múltiples marchas y protestas en otros países no podían pasar desapercibidos para los deportistas profesionales más prestigiosos. Y esto nos lleva a la pregunta: ¿Tienen los grandes deportistas el deber o el derecho a pronunciarse sobre cuestiones políticas y sociales? ¿Hay límites sobre dónde o cuándo sus comentarios pueden realizarse? Y aquellos que hablan, ¿corren el riesgo de ser agredidos o sufrir la desafección de aquellos fans que discrepan de sus opiniones?

Muchos aficionados estiman que el deporte debe ser un entretenimiento, un hobby que los aleje y los distraiga de las tensiones y preocupaciones de cada día. ¿Y hasta qué punto la popularidad de un deportista, pilotos incluidos, puede verse afectados por estas cuestiones?

Los deportistas más prestigiosos y admirados tienen una capacidad de influencia que va más allá de las hazañas que consiguen en las pistas y campos de juego. Pueden ser ejemplo para niños y adultos, y por ello se les exige que si son admirables en su profesión también lo sean en su vida privada o por sus opiniones sobre las más diversas cuestiones. Habría que ver hasta qué punto esa exigencia, esa generalización a veces ingenua, son válidas. Nadie discute que Diego Maradona ha sido uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, pero de ahí a ser ejemplo de vida…, y siendo James Hunt un gran campeón mundial, su desenfadado estilo de vida en la que alcohol y drogas tenían un sitio, tampoco serían un buen ejemplo.

Hamilton

Hamilton se ha puesto de pie y sus criticas han sido duras. A sus 35 años, mientras se prepara para obtener su séptimo título mundial, ya tiene conciencia del gran mundo exterior que va mas allá de su materialmente privilegiada vida. Y sabe que puede influir porque sus pergaminos trascienden el color de su piel. Y se compromete para combatir el racismo que durante sus años de formación le persiguió. Y ahí sigue, en busca de justicia…

Por: Orlando Ríos

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