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La extinción de los motores

Todos los aficionados que leemos CAR hemos admirado los motores de combustión interna durante gran parte de nuestra vida consciente, por lo que es raro, triste y desconcertante estar ahora, en 2021, escribiendo su panegírico. O, para ser más exactos, un anticipo del obituario que se producirá en Europa entre 2030 y 2035.

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Por lo menos eso han dictado los políticos –que no se suelen caracterizar por sus profundos conocimientos técnicos– y aunque todavía queda una década, mucho me temo que tarde o temprano se cumplirá.

Y los fabricantes de coches tampoco han protestado demasiado, al menos en público. Carlos Tavares, el jefe del recientemente creado Grupo Stellantis, se ha quejado de que las reglas favorezcan a los coches eléctricos frente a otras soluciones, pero en cualquier caso parece que acepta lo inevitable. “Si los gobiernos dicen que hay que ir al eléctrico, iré al eléctrico y haré los mejores eléctricos del mundo”, ha dicho recientemente.

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Volvo ha anunciado que solo fabricará eléctricos en 2030. General Motors se ha autoimpuesto prescindir de los motores de combustión –incluyendo los híbridos– en sus vehículos de pasajeros en 2035. Jaguar planea ser solo eléctrico para 2025 y Bentley en 2030. Mclaren, en 2035.

Así que parece que la prohibición se cumplirá y las marcas estarán preparadas siempre que, siendo muy optimistas, las nuevas baterías mejoren en densidad energética, precio y disponibilidad.

Esto afectará a algunos países del mundo pero no a todos. Estas prohibiciones se aplicarán en Gran Bretaña en 2030, en Noruega en 2025, en California en 2035 y en Francia en 2040. ¿En España? Pues quién sabe. La ministra Ribera vaticinó el fin del diésel y gasolina, pero luego otra ministra, en este caso, Reyes Maroto matizó (por no decir desautorizó) sus palabras. En cualquier caso, y aún con la volatilidad de la política en España, esto llegará en algún momento.

En Europa, la opinión general entre los fabricantes es que hasta ahora las leyes sobre emisiones, aunque cada vez más restrictivas, todavía se podían cumplir con ciertas mejoras en los propulsores. Pero si se produce una prohibición total, entonces, ya no hay más que decir, se acabó el motor de combustión. Para España, que tiene una potentísima industria de fabricación de automóviles, esto puede significar un desastre para nuestra economía.

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Por supuesto tenemos todavía tiempo para reaccionar, pero el cambio de fabricar motores –muchos de ellos diésel– y transmisiones hacia producir baterías y motores eléctricos no es pequeño y requerirá una flexibilidad importante. Es cierto que las fábricas españolas siempre han estado en la vanguardia y son muy competitivas pero esta es, probablemente, la transformación más grande a la que hayan tenido que adaptarse.

¿Qué pasará en el resto del mundo? China, aunque ensambla motores en cantidades ingentes, no tiene tradición en diseño e ingeniería, siendo la mayoría realizados sobre modelos japoneses o europeos. Por tanto, hay un gran interés político en dejar atrás la combustión y ser los líderes industriales en la fabricación de baterías y motores eléctricos. Cuentan con la ventaja de disponer de todos los fondos que sean necesarios para su desarrollo.

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Por supuesto, la actitud hacia el motor de combustión en otros lugares del mundo es muy diferente. Como sistema de propulsión de vehículos, seguirá estando vivo en muchos lugares, como Rusia y numerosos estados de EE UU.

Las posibles soluciones para la supervivencia de los motores de combustión

Así volveremos a ver –tras una época en la que los modelos era cada vez más homogéneos globalmente– una gran diferencia entre los vehículos destinados a China o Europa, frente a los rusos o americanos.

Como solución intermedia seguiremos teniendo los híbridos, aunque es cierto que en estos casos el motor será un componente más –como la transmisión o la batería– y tendrá menos carácter del que le asignamos actualmente.

Otras alternativas también pueden ser válidas, como el hidrógeno, que es la principal apuesta de Japón. O para aquellos que no quieran despedirse de ninguna manera de los motores de combustión de hidrocarburos, los combustibles sintéticos en los que trabajan Porsche y Ferrari.

Nos preguntamos qué encaje tendremos los aficionados a los coches en esta nueva situación y la respuesta es, desgraciadamente, que no piensan en nosotros. Pretender que van a parar todo este proceso de electrificación porque nosotros vayamos a echar de menos el sonido y el tacto de un buen motor de gasolina es sencillamente ingenuo.

Quizá la solución para nosotros venga de tener un coche eléctrico o de hidrógeno para el uso diario. Y para el fin de semana, un vehículo clásico (o que sea clásico en 2035), esperando que la prohibición de vender vehículos nuevos no implique la destrucción de los que estén en servicio. En un escenario en el que la mayoría de los coches no emiten, unos pocos clásicos deberían ser admisibles.

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