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Jackie Stewart: cuando ganar no era suficiente

Las altas probabilidades de morir en una pista impulsaron al que fue el piloto más victorioso de la historia de la F1 hasta ese momento a dejar la competición en 1973, pero su legado continúa aún hoy.

La recurrente pesadilla volvió a sacudirlo en su cama del Glen Motor Inn, junto al lago Seneca en el estado de Nueva York. Ni siquiera el recuerdo de sus dos victorias en 1969 y 1972 le servía de calmante. No podía sacudirse la angustia de esas imágenes terribles: las de su amigo Jochen Rindt, muerto junto a la Parabólica de Monza en 1970. Él, Jochen, Helen McGregor, su esposa y Nina Lincoln, la compañera del joven austríaco, eran muy buenos amigos. Vecinos de Nyon en Suiza, viajes juntos, frecuentes “fondues” en el mejor restaurante del pueblo. Jochen, un rival al que uno podía confiarle su vida sin temor alguno virando a la par a 230 km/h en sus numerosos duelos curva a curva. Ni Lewis Hamilton ni Max Verstappen pueden hoy, seguramente, confiar de esa manera.

 

Se despertó, no podía seguir durmiendo. Ya eran las 05:30 del sábado 5 de octubre de 1973. Al día siguiente iba a anunciar que se retiraba. Podía estar tranquilo, el equipo se quedaba con François Cevert Goldenberg como primer piloto. Cevert, que ya había desafiado los mejores cronos de Stewart tenía 29 años e iba a darle muchas satisfacciones a Ken.

Esa mañana de sábado le apabullaban los recuerdos, especialmente uno de su infancia. John Young (Jackie) Stewart tenía nueve años en 1948 cuando, en tercero de primaria, la maestra le hizo pasar al frente.

–“Te toca leer, Jackie, a ver...”.

Miró la página que correspondía y solo vio una sopa de letras que se movían, no podía reconocer palabra.

–“Vamos, Jackie, comienza ya, no te hagas el tonto...”.

–“No puedo, no puedo”.

–“¡Eres un vago y un estúpido, vuelve a tu asiento!”. Se burlaron de él. Nadie conocía entonces que existía un trastorno de aprendizaje denominado dislexia por la cual los individuos que la sufren, por causas genéticas, tienen severas dificultades con las letras y la escritura. Tampoco ese día de 1973, quien sería el célebre, el admirado y respetado triple campeón mundial con 27 victorias, 43 podios, 17 poles y 99 Grandes Premios disputados, sabía que padecía de dislexia.

 

A punto de retirarse y a pesar de los años transcurridos, rondaba por su subconsciente una pregunta que no podían acallar sus resonantes éxitos deportivos: “¿De verdad, soy un “estúpido?”.

Se hicieron las 07:00. Helen, su primer y único amor desde la adolescencia, dormía todavía y se cuidó de despertarla. Mientras preparaba su bolso con el mono ignifugo recordó sus mejores momentos en el tiro al plato. Entre los 12 y los 22 años había ganado numerosos campeonatos regionales y ascendido hasta triunfar dos veces en el certamen británico, en una Copa de Europa, acabar sexto en un mundial y perder, por muy poco, el representar a Gran Bretaña en los Juegos Olímpicos.

No podía detener un rapidísimo flashback de su otro mundo: él recibiendo un autógrafo de su ídolo de infancia, Juan Manuel Fangio en el GP de Inglaterra de 1953, recibiendo las felicitaciones de su compañero y “jefe” de equipo en BRM, Graham Hill en Italia en 1965, ocasión de su primera victoria en F1 conseguida porque Hill se salió ligeramente de la trazada en la Parabólica ya casi sobre el final. Y otra película que le estremeció profundamente, como devolviéndole a la niebla y la lluvia del infierno verde del Nordschleife de Nürburgring, cuando ganó por más de ¡4 minutos! con su Matra MS 10 en 1968. Sonrió porque algún periódico británico lo consideró un “regenmeister(Maestro de la lluvia)...

Se preguntó por cuál de sus victorias o duelos le iban a recordar. ¿Por los épicos duelos con su amigo Jochen? Durante su batalla rueda a rueda en Silverstone, en 1969, ambos se sobrepasaron no menos de 16 veces hasta que una aleta lateral del alerón del Lotus 49 del austríaco se aflojó y amenazaba con pinchar la rueda trasera. Jackie, al volante de su Matra MS80  le advirtió y Jochen se detuvo en boxes.

¿O quizás por sus repetidas batallas contra Jacky Ickx, la estrella de Ferrari? La que surgía con más color y sensaciones era la de Montjuic, en 1971. Arrancó desde la cuarta posición superando a Ickx en la sexta vuelta para tolerar una tremenda presión, sin fallos, para ganar tras 75 vueltas por solo 3,4 segundos.

¿Ahora te toca a ti?

Hay 10 kilómetros entre el Glen Motor Inn, con vistas al lago Seneca, y la entrada al Watkins Glen Raceway. No podía, ni lo necesitaba, concentrarse en los detalles de la puesta a punto de su Tyrrell 006. Quería ordenar sus pensamientos en torno a lo que iba a decir al hacer público su retiro. Pero le fue imposible. Recordó otro funeral, el de su amigo el piloto sueco Joachim Bonnier, fallecido el 11 de junio de 1972 y lo que le dijo su hijo Paul, de 7 años entonces, unos días después:

–“Papá, Kim (hijo de Bonnier y compañero de colegio), me dijo que ahora te tocaba a ti, ¿puede ser?”. La cara de su hijo Paul, con 7 años, era un retrato de la desesperanza.

“Jo” Bonnier llevaba corriendo 16 años en F1. Había sido él quien incitó a Stewart a radicarse en Suiza y ambos habían trabajado en la asociación de pilotos de F1 (GPDA) en pro de una mayor seguridad. Las familias eran vecinas y compartían muchos momentos juntos. Se quedó pensando.

Helen jamás le había pedido que lo dejara, aunque lógicamente tras lo de su amigo Jim Clark en 1968 (accidente en Hockenheim) y lo de Jochen en 1970 habían hecho cuentas: 57 pilotos compañeros de pista en F1 y en otras categorías habían perdido la vida desde 1963, año en el que Jackie formó su primer contrato profesional (Ecurie Ecosse) hasta 1973.

La última advertencia

Por un momento las palabras de Paul retumbaron en su mente “...ahora te toca a ti...”. Y quizás fue ese el verdadero momento en que se decidió. ¿O fue tras un  contundente  “aviso” en el GP de Sudáfrica de 1973? En los entrenamientos previos, por un fallo en los frenos se salió de pista a 270 km/h. Coche destruido pero él, milagrosamente ileso. Al día siguiente, desde la 16ª posición de salida ganó la carrera. Era el 3 de marzo de 1973. El 24 de abril, en Londres, les comunicó a Ken Tyrrell y a Walter Hayes y a John Waddell, altos ejecutivos de Ford, que se retiraba a finales de año. Y pidió: “Guarden el secreto, no quiero que Helen sufra en los meses que quedan”.

Faltaban apenas unos minutos para que acabara la sesión de clasificación ese 6 de octubre de 1973. De repente el rugido de los motores cesó. La brisa que se colaba entre los pinares que rodeaban el circuito pasó a ser atronadora. Llegaron las primeras noticias a los boxes: Cevert se había salido de pista en las “S” rápidas entre las curvas 3 y 4. El Tyrrell, descontrolado a 240 km/h, chocó totalmente de frente contra la barrera de contención del lado derecho. Jody Scheckter, al volante de un McLaren que marchaba detrás del piloto francés se detuvo y se acercó para ayudar a su compañero de pista. Se detuvo en seco horrorizado: la barrera de contención se había transformado en una guillotina, cortándole la cabeza a Francois. El frontal del coche había pasado por debajo de una de las láminas de acero.

El equipo Tyrrell se retiró de la competencia. Jackie Stewart jamás llegó a correr el que debería haber sido su centésimo gran Premio. El 15 de octubre de 1973, tras los funerales de François en París, anunció que dejaba las carreras.

Tenía asegurado un fructífero recorrido como comentarista la TV americana, como embajador de Rolex durante 53 años y como asesor técnico y de relaciones públicas de Ford por más de cuatro décadas. Se dio inclusive un gusto ganando un GP, el de Austria 1999, con Johnnie Herbert con su propio equipo.

En 1981 Jackie y Helen dejaron a Mark, el hijo mayor en casa y llevaron a Paul a un neurocirujano porque tenía problemas de aprendizaje. Le hicieron una prueba y le diagnosticaron dislexia. El especialista les aclaró que era una condición hereditaria. Ahí mismo, Jackie se sometió al test: a los 41 años de edad le diagnosticaron lo mismo. Un gran peso que le había abrumado por años desapareció. “Al final resulta que no era tan estúpido”, terminaría declarando.Stewart encabezó una fundación para ayudar a niños con dislexia y poco después que Helen fuese diagnosticada con demencia senil en 2014, se dedicó a recaudar fondos para buscar una cura para la dolencia. Sus triunfos deportivos le abrieron las puertas de casas de gobierno y palacios reales. La reina Isabel II de Inglaterra le otorgó en 1972 la Orden del Imperio Británico (OBE) y en 2001 el título de caballero.

En primera persona

Trabajé codo a codo con Stewart durante dos años elaborando columnas periodísticas para la revista deportiva “El Gráfico de Argentina”. Siempre fue muy atento, amable y totalmente concentrado en la tarea que realizábamos, muchas veces en su habitación de hotel, brindando de vez en cuando con una copa de champán Möet & Chandon, casa de la que era embajador.

No solo me impresionó su gran sentido común y la capacidad para sintetizar con sencillez, las situaciones más complejas. Uno diría que tenía la sabiduría y el sentido común de un experimentado hombre de campo, como la que tenía Juan Manuel Fangio. Me enseñó mucho sobre conducción y despertó mi interés por el desarrollo integral y psicológico de los pilotos. Y salí ganando con regalos inesperados como compartir cenas y momentos mágicos con él y algunos de sus amigos, George Harrison y Sean Connery, por ejemplo.

Tras un año sin encontrarnos fui a saludarlo en el paddock del GP, de Miami en mayo de este año, y por su mirada parecía que no me reconociera, cuando antes siempre me llamaba por mi nombre y extendía, con gesto amigable su mano. Días después sufría en Jordania un ictus del que afortunadamente se recuperó. Y, en julio, a un periodista del periódico “The Telegraph”, le decía que temía entrar en un proceso parecido o igual al de Helen, su adorada esposa, porque se olvidaba nombres de personas. ¿Qué es, para si mismo, un campeón sino sus recuerdos? Stewart tiene 84 años, es una muy querida leyenda viva del motor y un icono británico. Cualquiera que sea el curso que siga la naturaleza, para los más veteranos amantes de la F1, ahí permanecerán nuestros recuerdos.

Mientras un cosquilleo de emoción se apodera de mi al cerrar estas líneas rescató una frase de Jackie que define toda la trayectoria y valores que siempre manejó: “Ganar no es suficiente.... Hay que hacerlo siempre con ética y respeto” (*). Quizás deberían hacerla suya muchos pilotos de la Fórmula 1 actual.

Los secretos de un campeón

Muchos aficionados de la Fórmula 1 pueden saber quién es el triple campeón mundial Jackie Stewart, pero no lo han visto conducir, ni podrían definir su estilo al volante.

Stewart, como su antecesor escocés Jim Clark, o su ídolo Juan Manuel Fangio, no compitió a la vista de las cámaras de TV en transmisiones globales.

En los años sesenta y setenta los equipos dependían del informe y método del piloto para poner a punto sus automóviles porque no existía la telemetría. Por su sensibilidad y minuciosa preparación destacaba justamente Stewart que fue un inmediato antecesor de Niki Lauda en la precisión de computadora para conseguir un coche equilibrado.

¿Qué estilo de conducción tenía Jackie Stewart? A Stewart podríamos compararlo con un Niki Lauda, con un Jenson Button, campeón en 2009 o a un Lando Norris, líder en McLaren actualmente. Un tipo suave y progresivo al dar ángulo de volante, cuidadoso para no mover por demás la plataforma (el chasis) soltando el freno bruscamente. Jackie siempre dijo que su gran amigo Jim Clark, campeón en 1963 y 1965 le había enseñado mucho. Y de él aprendió uno de los secretos de la suavidad: la frenada regresiva o “trail braking”, introducida por Stirling Moss en sus Lotus a comienzos de los sesenta. Stewart era la antítesis de lo que podría ser un Ronnie Peterson, mucho más vehemente, e inclusive aún más suave que Jochen Rindt, que también gustaba de “tirar” el coche y llevarlo de costado en las curvas.

Lauda vs Stewart: probablemente no ha habido dos pilotos tan parecidos en cuanto a su forma de correr. Muy cerebrales ambos, sabiendo cuando apretar y cuando no. Sin embargo, un detalle daría la ventaja a Stewart sobre Lauda: la determinación y la rapidez de la primera vuelta. Stewart era capaz de hacer un colchón de más de dos segundos sobre su más inmediato perseguidor, desmoralizarlo y después regular.

Las lecciones del tiro al plato

Jackie había encontrado en el tiro al plato algo que sabía hacer muy bien y se lo reconocían. Y cuando ganó en su segunda carrera con un Marcos, en abril de 1961, en Chaterhall, descubrió que eso también lo podía hacer bien y además, posiblemente, mantener una familia. El tiro es muy parecido al golf: hay que tener absoluta calma y estar exento de cualquier tensión.

Cuando lo seguí hasta la parrilla de salida en algunas de sus carreras desde 1971 me llamó la atención que se apartara de su coche, se sentara apoyado contra el muro a un costado y se concentrara. Nadie de su equipo se acercaba a hablarle. En una de nuestras primeras charlas me desveló: “Aprendí a relajarme antes de los torneos de tiro y seguí haciéndolo antes de los Grandes Premios. En el tiro al plato es necesario seguir un arco muy estable con la escopeta. Tenía que estimar exactamente el cruce de trayectoria entre mis disparos y el platillo. Esto me dio más dominio del entorno y los espacios en las carreras. Por eso fui uno de los primeros en establecer una asistencia mental y psicológica deportiva con mis pilotos cuando tuve el equipo de F1”.

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